Por qué hago journaling creativo

Hay algo muy engañoso en una página de journaling creativo terminada. Cuando la ves llena de recortes, stickers, papelitos, fotos y letras bonitas, parece que detrás hubo una idea clarísima desde el principio, una especie de visión artística perfectamente planeada. En realidad, muchas veces empieza con algo mucho menos espectacular: una imagen que te gustó, una frase que querías guardar, un boleto que te daba pena tirar o un sticker que llevabas meses reservando para “una ocasión especial”.

Y de pronto empiezas. Tal vez escribes unas líneas. Luego pegas algo. Después decides que ese papel se ve mejor del otro lado, cambias de pluma, agregas una fecha y terminas haciendo una página que no se parece en nada a lo que habías imaginado. Esa es precisamente una de las cosas que más me gustan del journaling creativo: no exige que sepas desde el principio qué quieres decir ni cómo quieres que se vea.

Puedes pensar mientras haces. A veces, de hecho, el journaling sirve justamente para eso. Cuando tienes demasiadas ideas dando vueltas en la cabeza, sentarte frente al cuaderno puede ayudarte a ir sacándolas poco a poco, aunque no estén ordenadas ni sean particularmente profundas. No todo tiene que convertirse en una reflexión sobre la vida. Puede ser una lista de lugares que quieres visitar, algo que te preocupó durante la semana, una canción que no has dejado de escuchar o una frase que escuchaste en algún lado y no quieres olvidar.

Hay cosas que se entienden mejor cuando dejan de estar flotando en la cabeza y aparecen frente a ti, aunque sea en forma de palabras sueltas, flechas, colores o recortes.

También empieza a pasar algo curioso fuera del cuaderno. Cuando llevas un tiempo haciendo journaling, empiezas a mirar distinto ciertas cosas que normalmente habrías tirado sin pensarlo demasiado. El boleto de una exposición, una etiqueta bonita, una tarjeta que venía dentro de un paquete, el papelito de una tienda o incluso un empaque pueden terminar guardados porque piensas que quizá algún día encuentren lugar en una página.

No siempre los guardas porque tengan un significado enorme. A veces solo te gusta el color o la tipografía. Pero meses después puedes abrir el journal, encontrarte con ese pedacito de papel y recordar exactamente dónde estabas, con quién fuiste o qué estabas haciendo ese día. Es una forma bastante peculiar de hacer memoria, porque no registra necesariamente los grandes acontecimientos, sino esas pequeñas cosas que normalmente se olvidan.

Y quizá por eso también es una actividad muy amable con quienes tienen ganas de hacer algo creativo pero sienten que “no son personas creativas”.

El journaling no te pide saber dibujar, hacer lettering o componer una página espectacular. Puedes cortar chueco, elegir colores que no combinan, pegar algo y darte cuenta cinco segundos después de que lo habrías puesto en otro lugar. No pasa absolutamente nada. La siguiente página puede ser completamente distinta.

Hay algo liberador en hacer algo que no tiene que gustarle a nadie más. No hay jefe, no hay calificación y tampoco hay obligación de mostrarlo. Puedes experimentar sin necesidad de que el resultado final justifique el tiempo que invertiste.

Eso también hace que la famosa página en blanco deje de ser tan intimidante. A veces pensar “voy a escribir en mi diario” suena como si tuvieras que sentarte inmediatamente a producir una reflexión interesante. El journaling creativo te permite hacer una pequeña trampa: puedes empezar pegando algo.

Un sticker, una foto o un recorte pueden darte un punto de partida. A partir de ahí quizá escribes una frase, luego otra, y sin darte cuenta terminaste llenando media página. O quizá no escribes nada más y decides que así está bien. No todas las páginas necesitan contar una historia completa.

El journal termina dándote una excusa para mirar un poquito más. De estar en el presente y eso nos hace un montón de falta hoy día.

Y aunque normalmente pensamos en llevar un diario como algo bastante individual, el journaling creativo también puede ser sorprendentemente comunitario. Hay talleres, reuniones, clubes e intercambios de materiales, y reunirse alrededor de una mesa con cuadernos, tijeras y papeles hace que conocer gente nueva sea bastante menos incómodo.

No tienes que llegar a una actividad con una conversación preparada. Hay cosas alrededor de las cuales hablar desde el primer minuto: alguien tiene una pluma que te gusta, otra persona está usando un sello rarísimo, alguien pregunta dónde compraste un washi.

Muchas veces empiezas hablando de papelería y terminas hablando de viajes, trabajo, películas o cualquier otra cosa. Para quienes no disfrutan demasiado eso de llegar a un lugar lleno de desconocidos y “socializar”, tener algo que hacer con las manos puede cambiar mucho la experiencia y llevarte a conocer gente maravillosa.

También está el placer mucho más sencillo de sentarte un rato con tus materiales. Abrir el cuaderno, sacar las plumas, revisar los stickers que ya conoces perfectamente y aun así volver a mirarlos todos, mover un recorte cinco veces antes de decidir dónde pegarlo. Hay días en que hacer una página completa te entretiene durante una hora y otros en que solo tienes ganas de escribir una fecha y pegar dos cosas.

Ninguna de las dos formas es más correcta.

El journaling tampoco necesita convertirse en otro hábito que cumplir religiosamente. Puedes hacerlo todos los días si eso te gusta, pero también puedes dejar el cuaderno abandonado unas semanas y volver cuando te den ganas. El journal no lleva lista de asistencia.

Y después de un tiempo ocurre una de mis partes favoritas: el cuaderno empieza a cambiar físicamente. Ya no cierra igual. Hay papeles que sobresalen, páginas más gruesas que otras, esquinas dobladas, manchas, capas de stickers. Empieza a tener historia.

Cuando vuelves a las primeras páginas quizá encuentras cosas que ya no harías de la misma manera, pero eso también es parte de la gracia. El cuaderno termina siendo una mezcla de recuerdos, experimentos, listas, pequeñas obsesiones y momentos de tu vida que decidiste guardar.

Por eso, si quieres empezar, realmente no necesitas demasiado. Un cuaderno, una pluma y algo que puedas pegar ya son suficientes. Puedes comenzar con una pregunta muy sencilla: ¿qué quiero recordar de esta semana?

Porque sí, el journaling creativo puede ayudarte a ordenar ideas, guardar recuerdos, probar cosas nuevas, conocer gente y prestar más atención a lo cotidiano. Pero también puede ser simplemente una actividad que te hace feliz.

No necesitamos ser útiles, lo que de verdad necesitamos son más momentos felices en nuestras vidas.

Anterior
Anterior

La creatividad como bienestar laboral

Siguiente
Siguiente

El culto Hobonichi